viernes, 3 de octubre de 2008

Historia y la primera vez...


Desde que tengo uso de razón los azotes han sido una de mis debilidades, de niña disfrutaba cualquier situación parecida… una nalgada dada a alguno de mis primos, una inyección, incluso la amenaza de un castigo aunque no fuera corporal. Recuerdo que me atraía sobremanera, sentía cosquillitas en cierta parte de mi cuerpo que hasta mucho tiempo después entendí.

Hace aproximadamente 2 años y medio me venció la curiosidad, con mucho nerviosismo tecleé en Google la palabra: nalgadas. A partir de ese momento se abrieron mil y un posibilidades en mi vida, claro que se trataba de meras fantasías pero que a partir de ese momento adquirieron nombre y una razón de ser. Siempre me había sentido un bicho raro, alguien a quien los golpes en las nalgas le provocaban cierto placer, incluso excitación no podía ser muy normal que digamos; sobre todo porque jamás había escuchado a nadie más hablar sobre el tema.

Nunca nadie me había golpeado, y eso que desde muy pequeña mi espíritu rebelde se notaba a distancia. Más de una vez creí merecer desde unas cuantas nalgaditas hasta una gran azotaina, jamás la obtuve a pesar de buscarla continua y descaradamente.

Al dar ‘enter’ se desplegó una gran cantidad de resultados con la palabra: nalgadas. Mi curiosidad iba creciendo al mismo tiempo que avanzaba y me sumergía en la información escrita y gráfica que este bendito medio (internet) tenía para mí. Me di cuenta que poco a poco también mi excitación iba en aumento. No podía creer que las fantasías que rondaron mi cabeza y que yo creía eran insanas, alguien más las tenía también, e incluso las había vivido. Después de todo comencé a sentirme identificada. –Soy una spankee- pensé y sonreí.

Mis días transcurrían de manera feliz soñando en la posibilidad de ser una de esas chicas que protagonizan las historias tanto escritas como en video que fui descubriendo poco a poco. Devoré cada relato, cada imagen, cada video que se me ofrecía. Me convertí en asidua lectora de algunos blogs famosos entre la comunidad (mundial) spanka.

Jamás se lo había dicho a nadie y ahora menos, aunque mi sueño era poder vivir una experiencia spank en algún momento de mi vida. Tiempo después conocí a un hombre que con la continua convivencia se convirtió en mi amigo y después en mi novio, desafortunadamente a él lo enviaron a trabajar a otra ciudad muy lejos de la mía.

Nuestra relación estaba basada en la comunicación vía telefónica e internet. Lo quería tanto, lo extrañaba y también lo deseaba. En una ocasión, dentro de una de nuestras eternas charlas vía msn la conversación comenzó a tornarse caliente, ambos deseábamos tanto un encuentro cara a cara (en realidad era cuerpo a cuerpo), y se me ocurrió decirle que deseaba que me nalgueara… No sabía la manera en que reaccionaría, pero tampoco esperaba una respuesta como la que obtuve. –¿Qué, estás loca?... eso lo hace la gente enferma, se llama sadomasoquismo y no está dentro de mis gustos…

Me entristecí y hasta me disculpé por siquiera haber sugerido tal cosa. Estúpida. Jamás volvimos a tocar el tema. Tiempo después la relación se terminó dada la distancia y la poca (o nula) disposición a entregarnos mutuamente.

Después conocí a un chico vía internet, nuestros primeros encuentros terminaban con besos apasionados, toqueteo salvaje y mucha pasión. A la cuarta o quinta cita ambos nos habíamos cansado del mismo jueguito así que comenzamos a hablar de nosotros y a contarnos de todo un poco, con el paso del tiempo la relación se convirtió en amistad entrañable llena de complicidad y locuras.

En una ocasión tuvimos que viajar a la capital del país y tendríamos que pasar la noche allá. Para ahorrar un poco decidimos compartir habitación y conseguimos una con cama King size, jacuzzi y una onda bastante sugerente. Al llegar la noche, y habiendo cumplido ambos nuestros compromisos, comenzamos a jugar luchitas aprovechando la camota a disposición. Jamás lo hubiera hecho, provocarme es la peor idea que alguien pueda tener. Comencé a molestarlo: lo abofeteaba suavemente, lo aventaba, lo pateaba y mil travesuras más. No sé cuánto tiempo estuvimos jugando hasta que el cansancio y el sueño nos vencieron. Para la mañana siguiente yo estaba que no podía ni despertar de rendida que había terminado la noche anterior, él me insistía: -Ya levántate floja-. Yo ni siquiera abría los ojos cuando de repente me jaló hacia él abrazándome por la espalda, me enfadé tanto que comencé a empujarlo y logré zafarme. Rápidamente me alcanzó de nuevo, me tumbó boca abajo, puso su rodilla en mi espalda y comenzó a darme de nalgadas.

Plaf, plaf, plaf… suéltame imbécil… plaf, plaf, plaf…


Ni lo sueñes, esto es para que.. plaf… aprendas… plaf… a comportarte… plaf… a la hora… plaf… de dormir…

Ya, ya… por favor… plaf, plaf…. Dueleeeeeeeee….

Me suelta y se mete al baño. Yo me quedé tirada en la cama, exhausta de tanto patalear, disfrutando y guardando ese momento en mi memoria, fue increíble… y lo mejor de todo, fue real.

Desde entonces, de manera ocasional me da una que otra palmadita a modo de juego y nos reímos porque es una de las tantas cosas que compartimos… sé que lo disfruta aunque lo niegue.

Pero, ¿les cuento un secreto?.... yo lo disfruto más...