jueves, 27 de julio de 2017

Pausa

Sé que aún debo la continuación de 'Sin mentiras', estoy trabajando en eso... Por ahora quiero compartir un relato que, aunque breve, va cargado de muchas emociones. Este relato es un regalo, tanto para mí como para la persona que lo solicitó.
Aquí va entonces, con muchísimo cariño.

*****

El otro día me encontré a mi amiga Gabriela en el centro comercial, tenía ya tiempo sin verla y optamos por entrar a una cafetería para poder ponernos al día de nuestras vidas, aunque fuera de 'rapidito'. Había olvidado que Gabriela es una de esas personas que hablan, hablan y hablan. De pronto, sin darnos cuenta habían pasado ya un par de horas, ella seguía hablando. No me malinterpreten, Gabriela es súper simpática y la adoro, mentiría si dijera que estaba incomoda o aburrida, es solo que yo tengo una hora específica para llegar a casa, si no, ustedes se han de imaginar lo que me puede suceder.

No encontraba la forma de terminar con la charla, 5 minutos más, pensaba y sonreía ante la agradable, pero interminable, plática de mi amiga. En total pasaron otros 45 minutos y yo calculaba que aún podría llegar a tiempo, en mi situación actual, no podía darme el lujo de acumular una falta más. Ella seguía hablando. Pensé que no había problema, total, un mensaje inventando mucho tráfico o algo así y podría seguir disfrutando la charla. No puede ser, me quedé sin batería, me va a matar!!

No pude más, de inmediato comencé a sentir un pánico horrible, la advertencia de la última vez no dejaba de resonar en mi mente. Ella seguía hablando.

Completamente desesperada y sin dudarlo la interrumpí abruptamente.

- Gabriela, lo siento, me tengo que ir... Alfredo me va a nalguear!!

Apenas terminé de pronunciar esa última palabra y me di cuenta de lo que había hecho.

- Qué!!, qué fue lo que dijiste?

Gabriela sabía perfectamente lo que había escuchado pero parecía no creerlo. Comenzó a hacer preguntas, que si estaba bromeando, que si era solo un juego erótico, que si se trataba de una apuesta y no sé qué más. Yo no tenía, literalmente, tiempo para dar explicaciones pero, si no le aclaraba las cosas, ella pensaría que se trataba de un juego y no me dejaría ir tan fácil. Decidí confesarle que:

- Amiga, Alfredo suele castigarme cuando me lo gano o él considera que lo necesito. Por ejemplo, si llego tarde a casa, él me va a nalguear, por eso debo irme ya.

Gabriela no podía creerlo, la expresión en su rostro era de sorpresa, estupefacción...

- Es broma, verdad?... o es uno de esos jueguitos para encender el ánimo, no?

Habría querido explicarle de forma sutil pero no había tiempo.

- No Gaby, Alfredo me castiga de verdad, cuando él cree que no me comporto como debo hacerlo me quita la ropa, me baja los calzones, me pone sobre sus rodillas y me da unas buenas nalgadas, pero bien dadas.

Ella insistía con preguntas estúpidas, pero también mostraba ya mucho interés por el tema.

-¿Lo hacen por diversión?

- No Gaby, no tiene nada de divertido. Cuando Alfredo me nalguea, lo hace hasta que está convencido de mi arrepentimiento, hasta que termino llorando y pataleando mientras trato de convencerlo de que he aprendido la lección... Por favor, ya déjame ir, no sabes lo que va a pasar, mientras más tarde será peor... Supliqué mientras tomaba mi bolso y me levantaba lentamente.

- Anda, corre para que no sea tan duro...

Le di un beso en la mejilla y alcancé a escuchar que dijo en tono burlón: ¡disfruta el rincón, querida!

Subí a mi auto, traté de calmarme pues el camino aún era largo... Seguía sorprendida y hasta divertida por la forma en que se dio todo... Pero también me abrumaba lo que enfrentaría en cuanto llegara a casa.

De pronto me asaltó una duda: ¿cómo supo Gabriela lo del rincón?

FIN.

*****

YoSpankee



Sin mentiras... [Segunda parte ]

Confundida lo miré, sentí cómo mis ojos se llenaban nuevamente de lágrimas, no quería que me azotara más, el dolor en mis nalgas ya era demasiado, además, ¿con el cinturón?, no lo soportaría.

- Recuéstate boca abajo, necesito que entiendas que, lo que hiciste, no está bien.

Lo anterior lo dijo mientras iba sacando lentamente el cinturón de su sitio, al terminar lo dobló en 2, sujetándolo por la hebilla. Yo no reaccionaba aún, estaba segura de no querer recibir ni un azote más. Supongo que pasaron unos segundos, entonces él señaló la cama de nuevo, yo seguía muda. Vi cómo tomaba las almohadas y las ponía a mitad de la cama... La idea más estúpida cruzó por mi mente. Lo empujé y cayó de bruces y yo intenté salir corriendo, torpemente di un par de pasos pero tropecé con la colcha que se enredó en mis tobillos haciéndome caer estrepitosamente. Él comenzó a carcajearse, su risa resonaba por toda la habitación... En un arranque de furia, más por la humillación y la burla, me quité los zapatos y se los lancé, uno de ellos golpeó su hombro y él rió aún más.

- Eres un imbécil, José, lárgate de mi casa, no quiero volver a verte!!!

Grité con todas mis fuerzas y pataleé en el piso, entonces me sentí como la niña estúpida e inmadura que él tanto señalaba que era. Comencé a llorar.

Habría querido saltar sobre él, golpearlo para defender mi dignidad. Algo dentro de mí lo impidió y, con un hilo de voz solo pude decir: te odio!!

De pronto su risa se apagó, me miró fijo y lentamente se levantó de la cama para ir a mi lado. Yo lloraba abrazando mis rodillas, ocultaba mi rostro con los brazos y lo único que quería era que me tragara la tierra en ese instante.

Sentí su mano acariciar suavemente mi cabello, después me abrazó tan fuerte que, aunque intenté soltarme, no lo logré. Su voz era cálida y tierna, me decía que lo que hacía era por mí, por mi bienestar. Le creí, por la razón que ustedes quieran, le creí que era necesario ser disciplinada por él y a través de esos métodos. Las nalgas me dolían y, aunque no hubo ninguna disculpa de por medio, asumí que yo lo disculpaba y, al mismo tiempo, me sentía perdonada por él.

No sé cuánto tiempo transcurrió, me ayudó a ponerme de pie y me abrazó nuevamente. Me preguntó si sabía que había hecho mal, que si sabía que el castigo había sido necesario. Asentí.

Tonta e ilusamente pensé que todo había terminado, finalmente aprendí la lección, seguía enferma y aún moría de hambre; nuestros problemas habían sido resueltos ya, ¿o no?

- Laura, sé que esto no ha sido sencillo, sé que duele y también yo quiero terminar con ello pero, no puedo permitir que sigas comportándote de esa manera. Lo entiendes, ¿verdad?

Quería responder que no, que ya había sido suficiente pero, algo dentro de mí lo impidió y, sí, lo sé, respondí mientras mis ojos se iban llenando de lágrimas nuevamente.

José me dio un beso en la frente, me tomó del brazo y me condujo hasta la cama, intenté suplicar con la mirada pero fue en vano. Lentamente me recosté boca abajo con el vientre a la altura de las almohadas, mis nalgas quedaron totalmente expuestas. Bajó el calzón hasta las rodillas. Sentí mucha vergüenza, traté de apretar los muslos lo más que pude, me di cuenta que había un poco de humedad en mis rincones y eso me confundió terriblemente.

- Serán 20 azotes con el cinturón, Laura, los tendrás que contar en voz alta y agradecer después de cada uno "gracias, no volveré a ser grosera ni a descuidar mi salud", ¿quedó claro?

¿Qué se suponía que respondiera?, por supuesto que estaba clara la indicación, lo que no estaba claro era cómo soportaría un castigo como ese.

- Si pierdes la cuenta, si te quitas o pones la mano, volveré a empezar. ¿Entendido?

Lo que quería era que comenzara ya, así terminaría pronto también. Apreté las sábanas, mis nudillos podían verse blancos por la fuerza que me daba tanto miedo por el dolor que sabía estaba a punto de recibir.

Sentí el cuero del cinturón acariciar mi cola desnuda, recorrerla de un lado a otro como una advertencia... De pronto ya no estaba y, con una velocidad que no podría describir, se impactó con violencia contra mis nalgas que, junto con el resto de mi cuerpo, se contrajeron de forma automática...

- No te escuché contar, jovencita.

- Uno, gracias, no volveré a ser grosera ni a descuidar mi salud.

No sé si los azotes tenían toda la fuerza posible, a mí me parecía que cada uno era más doloroso que el anterior, mis nalgas ardían, podía adivinar líneas rojas cruzando de lado a lado como prueba de mi estupidez, de mi inconsciencia y, probablemente, del cariño que José sentía por mí. Poco a poco me fui convenciendo de que realmente agradecía cada cinturonazo.

No sé cómo pero por fin llegamos a los 20, debo confesar que fue muy bueno al perdonar que, en el azote 13 atravesé la mano y solo repitió ese, que en el azote 18 me quedé callada por mucho tiempo y él creyó que había perdido la cuenta, sin embargo solo me recordó con un grito fuerte el número que correspondía.

Las lágrimas bañaban mi cara, la respiración era agitada y entrecortada, a esas alturas ya era capaz de prometer lo imposible.

- Lo siento mucho, José, te prometo que no volverá a suceder... Perdóname, por favor.

Acarició de nuevo mi cabeza, luego el cuello, la espalda y se detuvo en mis nalgas que, aunque respingaban al contacto, agradecían las caricias.

- No te muevas, ahora vuelvo, pequeña.

Mi cuerpo aun temblaba pero obedecí. Volvió de la cocina con una bolsa de la que sacó un tubo de crema humectante que esparció generosamente en toda el área castigada.

Después de la tempestad viene la calma, dicen, y qué razón tienen.

Continuará.
(Sí, hay parte III)

martes, 25 de julio de 2017

Sin mentiras...

Las últimas semanas han sido complicadas, mi salud ha sido uno de los factores para ello. Ayer no salí de la cama, tenía un terrible dolor de cabeza, el cuerpo también dolía y la fiebre no se hizo esperar. Para el medio día me dolía el estómago porque tenía hambre, es decir, mi cuerpo exigía alimentos, pero el ánimo opinaba lo contrario.

Más tarde recibí una llamada de mi amigo José, preguntaba si estaba bien porque no había acudido a la cita que teníamos esta mañana para revisar algunos detalles de un proyecto que tenemos en común. ¡Rayos!, lo olvidé por completo. Supongo que mi voz parecía de ultratumba porque él adivinó que no me sentía bien y hasta se ofreció para llevarme al medico.

- No, José, cómo crees... Te prometo que en un rato voy yo, no es necesario que te molestes...
Sí sí, estoy segura, no pasa nada.

Colgué el teléfono y, de nuevo, me acurruqué en mi cama y dormí, dormí hasta que no pude más. No sé exactamente cuántas horas fueron, pero ya era tardísimo. Por fin, mi estómago ganó la batalla y, arrastrando los pies, fui hasta la cocina... Es en estas situaciones donde me arrepiento de ser tan desordenada, tan floja y... ¡No hay nada qué comer! Serví cereal en un tazón, lo comí seco porque no tenía leche en el refrigerador, un par de bocados fueron suficientes.

El dolor de cabeza había cedido un poco, al parecer, la fiebre también. Supongo que lo único que necesitaba era descansar.

Revisé mi celular, tenía varias llamadas perdidas de José, unas 6... Intenté devolver la llamada pero no tuve suerte. No era importante, pensé.

Me tumbé en el sillón, encendí la laptop y me preparé para un buen rato de Netflix... Sonó el timbre, en realidad no esperaba a nadie, así que lo ignoré y seguí en lo mío, pero seguían insistiendo de tal manera que, malhumorada y somnolienta abrí la puerta con la peor de mis caras.

- Laura, estás bien, qué gusto. Disculpa que haya venido así, te marqué al celular pero jamás respondiste, ¿qué te dijo el médico?, te escuché muy mal cuando hablamos esta tarde.

Lo anterior fue dicho mientras él me sostenía de los brazos y, como tardé en reaccionar, al hacerlo me safé con un poco de agresividad y fastidio. Suéltame, le dije, ¿te crees mi papá o qué?

José siempre ha sido una finísima persona conmigo, respetuoso, cariñoso y amable; no sé por qué respondí así, era obvio que estaba preocupado. Cuando quise disculparme, quizá ya era un poco tarde.

- No sé por qué te pones así, Laura, lo único que hice fue preocuparme por ti, si estoy aquí es porque creí que realmente estabas mal... Ahora veo que no es así, siento haberte molestado. Buenas noches.

Se dio la vuelta y se fue, no supe qué hacer, no me atreví a detenerlo porque no sabía cómo hacerlo. Cerré la puerta y me recargué en ella dejándome caer hasta el piso... ¡Estúpida, estúpida!, me decía a mí misma. José es la última persona en el mundo que merece ser tratada así. Entonces reaccioné, rápidamente me puse de pie y le llamé al celular... ¡¡Contesta, por favor!!

- Diga. Al fin respondió.

- José, por favor no te vayas... Es que he tenido un día horrible, de verdad me sentía muy mal, no mentí... Y luego no he comido nada y muero de hambre... Y es que no he hecho el súper porque no he salido de casa... Por favor vuelve, discúlpame, ¿sí?

- ¿Entonces no fuiste al médico?

- Eh... Yo... Nno, pero ya me siento bien, ya no me duele la cabeza, ya se quitó también la fiebre... Regresa, por favor, vamos a platicar, ¿si?

Después de un largo silencio:

- Está bien, sí quiero hablar contigo, pero deja voy a comprar algunas cosas, necesitas comer algo. No tardo.

Y colgó. Me sentí aliviada, de verdad no sé por qué tengo esa horrible forma de reaccionar y de lastimar a las personas que quiero y me quieren. Además, aún tenía muchísima hambre, qué bueno que se le ocurrió ir a comprar algo. Caray, siempre me salgo con la mía, pensé y sonreí descarada.

No pasó mucho tiempo y volvió a sonar el timbre, contenta corrí a abrir... Lo recibí con una gran sonrisa, traía algunas bolsas en las manos y sorprendida le dije que no debió molestarse.

- Guarda silencio, me dijo en un tono seco y molesto, no supe qué decir y me limité a observar cómo llevaba las bolsas a la cocina.

- Ven, vamos a tu habitación, no es verdad que ya estás bien, debes estar en la cama. Te prepararé la cena en un momento.

De la mano me llevó a la recámara. Apenas entramos y, tomándome por sorpresa, comenzó a darme palmadas en las nalgas sin soltar mi mano.

- ¿Qué carajos crees que haces? Suéltame, ya basta, Josééééé!!

Por supuesto, no se detuvo, siguió azotando, incluso más fuerte. Yo forcejeaba, trataba de soltarme y de esquivar las nalgadas al mismo tiempo. De pronto, en un rápido movimiento se sentó en la cama y me jaló con la fuerza suficiente para tumbarme sobre sus rodillas. Yo gritaba y me retorcía, pataleaba y le suplicaba que se detuviera, pero no me hacía caso, al contrario, solo me decía lo irresponsable que era, lo desobediente que fui al no ir al doctor y, peor aún, lo estúpida que fui al quedarme sin comer todo el día.

Sin darme cuenta, de pronto me quedé sin el pantalón de la pijama pues él tiró del resorte y lo bajó hasta mis rodillas, después, con el pataleo terminó por salirse completamente... Yo seguía suplicando a ratos, gritando y amenazando a otros... Él no cedía nada, arremetía fuerte y rítmicamente contra mis nalgas con la mano bien extendida.... Después intentó bajar mis calzones, pero esta vez fui más rápida y, con ambas manos, agarré con fuerza el elástico; él, de manera inteligente, tomó los bordes del calzón, los juntó en el centro de mi cola y, haciendo un intento de calzón chino, dejó al descubierto la piel enrojecida y caliente de ambas nalgas y siguió azotando.

Yo estaba rendida, en algún momento dejé de luchar, me resigné a mi destino y comencé a llorar desconsolada. Las lágrimas bañaban mi rostro, la cola me ardía horrible y sentía mi dignidad más aporreada que mi parte posterior.

Por fin se detuvo. Despacio, me ayudó a levantarme y quitó la colcha de la cama. Quiero que descanses, necesitas recuperarte, la salud no es un juego, ¿entendiste? Respondí asintiendo con la cabeza mientras con una mano me limpiaba las lágrimas y con la otra me sobaba las nalgas. Iba a darme la vuelta cuando me detuvo del brazo. Comenzó a desabrochar su cinturón y me dijo: aún no terminamos, jovencita.

Continuará.

lunes, 3 de julio de 2017

Mi YoSpankee

Muchas son los momentos que componen una sesión de spanking, también son muchas las emociones que, por turnos, estallan de un lado y el otro porque, aunque muchas veces no sean mencionados en este blog, los spankers también pasan por diferentes niveles de emoción, también sufren de nerviosismo y también gozan, claro que sí.

Generalmente hablo desde el punto de vista spankee, obvio, es desde el que me encuentro...

El miedo corroe mi corazón, ese miedo que viene desde el estómago y se distribuye hacia todas partes, concentrándose finalmente ahí, en el corazón que late acelerado e intenta salirse del pecho. Las amenazas se escuchan a la distancia, la sentencia es previsible, las consecuencias son casi tangibles... Mi YoSpankee lo goza sobremanera.

Trato de asimilar lo que vendrá, cierro los ojos, quizá es que espero hacer que todo pase rápido, que termine ya y el sufrimiento pase. Mi YoSpankee desea que el tiempo se suspenda, que el momento jamás llegue a su fin, lo saborea antes, durante y después...

Suplico con lágrimas en los ojos que se detenga, que no sea tan duro conmigo, aseguro que estoy arrepentida y saco promesas de donde sea. Mi YoSpankee sabe que todo es mentira, que el descaro más grande acompaña a cada palabra, que el deseo real es que las lágrimas sigan fluyendo porque el dolor es delicioso, más cuando va acompañado de regaños, gritos de advertencia y sutiles caricias con piel, madera o plástico...

Contraigo los músculos, tenso la mandíbula, aprieto los puños, intento mantener la postura indicada y soportar el castigo que, injustamente me está siendo aplicado. Mi YoSpankee aprieta las piernas porque la humedad entre ellas es excesiva, permite que cada sensación recorra su cuerpo para, finalmente, explotar en orgasmos y oleadas de placer...

YoSpankee