domingo, 29 de diciembre de 2019

2019


Ha llegado esa época del año en la que el 'recuento de los daños' es inevitable. Mi 2019 estuvo lleno de todo un poco, ha sido por completo una montaña rusa en donde, las subidas, estuvieron llenas de expectativas y muchos planes pero, las bajadas, fueron un cúmulo de miedos, dolor emocional y, a ratos, dolor físico (y no precisamente del que me gusta).

El año comenzó con planes (en lo spanko) que poco a poco se fueron diluyendo, aún así, en febrero tuve una de las mejores experiencias que, ni la mejor de mis fantasías, podría igualar. De ahí es que gané a la mejor amiga del mundo mundial, fabulosa spanker. Después, por ahí de abril, hizo su aparición quien hoy acompaña mis días spankos. 

El contacto fue casual, las charlas diarias, los deseos en común y (como cereza del pastel), vive en la misma ciudad que yo. Conocí a mi spanker vía Facebook, justo en un momento en el que yo no estaba buscando nada pero, sin saberlo, estaba necesitando respirar de manera distinta. Él le ha dado a mi vida un aire fresco, aventuras, sensaciones que jamás había experimentado, retos y deseos nuevos.

Mi familia spanko creció con la llegada de Ángel, mi hermanito. Detrás de ese niño berrinchudo, hay un hombre cariñoso y tierno que me ha adoptado y aceptado con todos mis defectos pero, eso sí, disfrutando también de mis virtudes... 

Grandes amigos se han adherido a mi vida, a cada uno les guardo un cariño especial y les agradezco profundamente que compartan sus fantasías conmigo, además de su cotidianidad. 

A unos días de dar carpetazo a este agonizante 2019, lo único que puedo hacer es desear que, el año que está por comenzar, sea benevolente para mí y aquellos a los que quiero. Que cada deseo y fantasía se haga realidad, no solo para mí sino para todos los que me leen.

Ahora hay muchos planes, muchas fantasías aún por cumplir, muchas nalgadas qué recibir y esas otras cosas que adetezan la vida de cualquier spanko... Vayamos jubilosos a descubrir los bemoles del siguiente año... Los leo en el 2020.

YoSpankee 

domingo, 15 de diciembre de 2019

Tú.

Por extraño que parezca, a casi 12 años de tu partida, aún sigues rondando mis sueños. Hace más de 20 años me hiciste sentir, a mis tiernos 16, la experiencia del cuero morder mi piel... Quizá nunca lo supiste, porque no tuve oportunidad de decírtelo, pero fuiste el preámbulo de todo lo que soy ahora.

Varias veces me rompiste el corazón, la última, cuando te fuiste sin avisar y jamás volví a verte, quizá terminaste huyendo de mí una vez más, o quizá sólo terminó tu tiempo y yo, para variar, me adueño del protagonismo de la historia, como suelo hacerlo. 

* * * *

Esta vez ya no tenía 16, era justo como soy ahora, y te presentaste ante mí, diciéndome lo orgulloso que estás de mí, de mis logros, de la fuerza que he adquirido con el paso del tiempo y con las experiencias que los han acompañado. Me hiciste sonreír, esa también fue siempre una habilidad tuya que, en su momento, amé muchísimo. Dijiste que me veías hermosa, que los años me habían sentado bien y que mis pecas brillaban más que nunca sobre mi blanca piel, esa piel que te gustaba morder o enrojecer a manazos.
Me miraste bien, observaste cada ángulo de mi rostro y me envolviste con tus brazos, esos brazos musculosos y bien formados que se sintieron justo como cuando éramos unos chiquillos y, como entonces, hiciste que todo fuera mejor, más claro, más feliz. 
Me susurraste al oído cuánto me has extrañado y, de nuevo, me pediste perdón por todo el daño que me hiciste... Yo respondí que no era necesario, que eso ya no importaba y que tu lugar en mi corazón seguía intacto. 
Volví a adorar esa mirada tuya llena de picardía, combinada con un poco de maldad, deslicé mis dedos por toda tu cara, poniendo especial énfasis en tus labios y, justo cuando estaba por decirte cuánta falta me has hecho, dijiste mirándome fijo: ¡qué ganas tengo de darte una buena cueriza!... Entonces desperté.

YoSpankee 

martes, 10 de diciembre de 2019

Resultados.

Este semestre fue mucho más sencillo de lo que había imaginado, es decir, fue pesado y requirió esfuerzo y compromiso, es cierto, pero también es cierto que yo creí que sería mucho peor que el anterior.

Hace 6 meses me encontraba de pie, en el estudio, frente a mi papá que, con esa mirada profunda que enmarca con sus abundantes cejas negras, me miraba fijo mientras esperaba una explicación a las terribles calificaciones que sostenía en sus manos. Además, había un sinfín de notas respecto a mi pésima conducta y mis reiteradas inasistencias.

El silencio reinaba en aquel espacio, la situación era por demás embarazosa y, por supuesto, la conclusión era sumamente predecible. 

No sé qué respuesta podría haber dado en aquel momento, la que fuera, sin duda conduciría exactamente al mismo fin al que llegamos después. Por supuesto, no dije nada, no contaba con ningún argumento válido, simplemente, me ganó la apatía, la flojera, la rebeldía. 

¿Qué podía decir?
Lo siento, papá, la escuela me da una flojera infinita, los profesores son unos imbéciles, no encuentro motivo alguno para esforzarme, preferiría vender chicles en la esquina. 
No, ¿verdad?

Mirar al piso, apretar una mano con la otra, sollozar en silencio y esperar, simplemente, esperar a que él terminara con su discurso. Era muy difícil concentrarse en lo importante que era cumplir con las expectativas, lo grave que resultaba tener que dar la cara por mí en el colegio, la decepción que sentían él y mi madre ante tan desastrosos resultados. Ah, pero para eso estaba él, ¿cómo podía ocurrírseme que todo esto quedaría impune?

No, señorita, en esta casa hay reglas. Aquí no puedes hacer lo que se te dé la gana. Si quieres derechos, tendrás que cumplir con tus obligaciones y, como sabes bien, una de ellas es estudiar y esforzarte para cumplir en la escuela. Ni siquiera te exijo calificaciones de excelencia, que debería porque es lo único de lo que debes preocuparte, pero no lo hago.
Caramba, es increíble que tenga que estar detrás de ti, eres toda una señorita y aquí tenemos que tratarte como si fueras una niña pequeña. Pues bien, a las niñas pequeñas se les corrige con unas buenas nalgadas, así que... 

Ojalá todo hubiera quedado en unas nalgadas. Las marcas que dejó el cinturón sobre mis nalgas, tardaron en desaparecer varios días. El dolor, vaya sensación, el roce de la ropa era una tortura, ya no hablemos del momento de sentarse y, peor aún, del tiempo que tenía que permanecer en dicha postura. 

Todas las vacaciones las dediqué a estudiar. Tuve que hacer todo lo que no hice durante el semestre. Papá, personalmente, se encargó de llevar el control de cada materia y, de manera semanal, hacer una revisión con el consecuente castigo: una buena cueriza que ayudará a que jamás vuelvas a olvidar tus obligaciones, señorita. 

*. *. *. *. 

Hoy estoy feliz (y mis nalgas también), estoy ansiosa por llegar a casa y entregarle a papá la boleta de este semestre, estoy segura que estará muy contento. 

¡Mira, papi, por fin entregaron calificaciones!

Se acomodó los lentes, comenzó a leer materia por materia y sonrió. Uffff, respiré aliviada y sonreí también. 

Estudiar y comprometerse da buenos resultados, te felicito por ello, mi niña. Sin embargo, ¿me puedes explicar por qué tienes 4 faltas en historia?

YoSpankee 

lunes, 9 de diciembre de 2019

11 años.

Antes de cerrar este maravilloso 2019, quiero agradecer a todos aquellos que han sido parte fundamental en el desarrollo y permanencia de este blog.
A los que han inspirado cada una de las entradas aquí publicadas, a todos los que las han leído y comentado, a quienes han usado este blog de referencia o guía para desenvolverse en este mundillo y, particularmente, a quienes me motivan para seguir escribiendo. 

Gracias infinitas a la vida, por permitirme desarrollar y vivir esta hermosa y excitante fantasía, por las ideas y las aventuras, por los placeres y las nalgas rojas, por las lágrimas y las travesuras; por todo y tanto. ¡GRACIAS!

11 años parecen nada pero, viendo a distancia, hay una diferencia abismal entre la spankee temerosa e inexperta que comenzó con todo esto, y la spankee segura, completa y feliz que escribe hoy.

A todos los que mr leen, les deseo que disfruten de todo esto, tanto como lo hago yo. 11 y contando.

YoSpankee 

domingo, 1 de diciembre de 2019

Riesgos (3a. Parte)


PARTE 3:
Escuchar la voz de mi mamá mientras me preguntaba acerca de lo que había quedado pendiente la noche anterior, hizo que el estómago comenzara a dar vueltas. Un nudo se atravesó en mi garganta y cualquier palabra se negó rotundamente a salir de ahí.

- Sigo esperando, señorita. 

Contra toda mi voluntad, gire sobre mis talones y la miré desde las escaleras. Tenía tantas ganas de salir corriendo pero, siendo realistas, mis opciones eran terriblemente limitadas. Tragué saliva. 

Lentamente comencé a descender, sabía (o al menos lo intuía) lo que estaba por venir. El miedo me consumía y, aunque sabía que merecía el castigo, mi cuerpo se negaba rotundamente a aceptarlo. Las lágrimas no tardaron en aparecer, los pucheros también. 

Cuando estuve a su alcance, aún en el segundo escalón, mamá me tomó del brazo y, a rastras, me llevó a la cocina. Por más que imploré misericordia, prometí lo imposible, pedí mil perdones y lloré como niña pequeña; nada la detuvo. Volvió a sentarse sobre la silla en la que, minutos atrás, nalgueaba a Angelito quien, con evidente terror, seguía sollozando en el rincón que le fue asignado para reflexionar acerca de su comportamiento.

Caí de bruces sobre la falda de mamá, mi rostro quedó muy cerca del piso, lo que provocó que mis nalgas quedaran totalmente expuestas y a disposición de la mano furiosa de mi madre que, sin mediar una sola palabra, comenzó a caer con fuerza y velocidad. 

El pantalón de la pijama no ofrecía gran protección, al contrario, era como si no estuviera ahí. De todas formas no importó mucho, pijama y ropa interior fueron retirados casi de inmediato y, entonces sí, las lágrimas caían a chorros por mi cara, los gritos eran insuficientes para expresar el dolor, la culpa, la humillación.

Yo sé que lo que hice estuvo mal, que el castigo era más que merecido pero no podía soportar la manera en que mi trasero ardía cada vez más y más. Pataleaba, me retorcía, suplicaba y, lo único que obtenía eran más nalgadas cada vez. 

- Por favor, má, ya no puedo más. 

No sé si la conmoví, se cansó o se dio cuenta de que había llegado a mi límite. Se detuvo y me dijo lo mismo que a mi hermanito, que ella lo hacía por mi bien y que, de ahora en adelante, las cosas en casa se solucionarían de esta manera. 

- Ve al rincón, Laura. Ángel, ¡ven aquí!

Mientras me dirigía al rincón, me crucé en el camino con Angelito. Estábamos intercambiando lugares, yo a reflexionar acerca de mi conducta y él a colocarse sobre las piernas de mamá para recibir otra tanda de nalgadas. Ambos llorábamos y solo pudimos regalarnos mutuamente una mirada de dolor y comprensión. 

De cara a la pared, escuché que Ángel retimaba las súplicas. Su llanto hacía que el mío se hiciera más fuerte y más escandaloso. Yo no lo vi pero adiviné que, ya en posición, mi hermano comenzó a recibir el impacto de la zapatilla de mamá. Los azotes se escuchaban secos, con un tipo de eco espeluznante que rebotaba en toda la habitación. Mi estómago se contrajo cada una de las diez veces que la suela de goma se estrelló contra las enrojecidas nalguitas del niño,produciendo gritos y ayes llenos de dolor. 

Pobre de mi hermanito, escuchar cómo lo castigó mamá, me hizo entrar en un carrusel de sensaciones y emociones que, al final, me hicieron entender que, ni Ángel ni yo, volveríamos a salirnos con la nuestra y, además, que esa misma zapatilla, volvería a impactarse pero, ahora, sobre mis nalgas. 

Varios pensamientos cruzaban por mi cabeza cuando. 

- Ve a tu habitación, Ángel, báñate y bajas a desayunar. Tú, señorita, ven para acá. 

FIN. 

domingo, 24 de noviembre de 2019

Correctivo.

Muchos eran los sentimientos que me embargaban al estar sentada en la pequeña sala afuera de su oficina. Desde ahí podía verlo enfocado en su computadora, con esa mirada profunda que puede hacerme sentir mil y un cosas, además, dado el nivel de concentración que siempre pone en su trabajo, el ceño fruncido enfatiza muchísimo más la profundidad de esos ojos cafés que logran hipnotizar.

Sabía perfectamente de mi presencia, fue él mismo quien me ordenó no moverme de ahí hasta recibir la instrucción correspondiente, - y piensa en lo que hiciste, señorita-, dijo antes de cerrar de un golpe la puerta de cristal de su oficina.

La culpa es grande, sé que mi falta fue terrible y sé también que deberé pagar muy caro por ello. 

Él es mi spanker, pero también es mi esposo y, más allá de eso, es mi cómplice de vida, mi guía y mi motor. Desde el principio llevamos una relación de disciplina en la que él es quien administra las lecciones y castigos, y yo soy la parte rebelde, receptora de dichos asuntos. Confío total y plenamente en él. Sé que cualquier decisión que tome o cualquier castigo que disponga para mí, será siempre con el único objetivo de ayudarme a mejorar y procurar mi bienestar.

Las personas de la empresa están habituadas a verme ahí, cuando no quiero o no puedo trabajar en casa, voy y me adueño de uno de los cubículos, al parecer ya me consideran uno más de ellos. Pero hoy no estoy trabajando, solo estoy ahí, sentadita en espera de lo que él decida. Ya pasó más de una hora y él no ha volteado ni a verme, creo que esta vez sí rebasé el límite, siento roto el corazón y, más allá del castigo que sé que me espera, lamento muchísimo haberlo decepcionado de esa manera.

Estaba un tanto absorta en mis pensamientos, que sólo reaccioné cuando sentí que me tocaron el hombro.

- Hola, Lau, ¿estás bien?
- Ah, ho hola, Cris, sí, estoy muy bien, ¿tú qué tal?

Era Cristian, sobrino y mano derecha de mi esposo en la empresa. Un chico muy inteligente y divertido. Cristian, además de apoyar en todo lo que tenga que ver con el negocio, es también cómplice de juegos, conoce muy bien el tipo de relación que llevo con mi marido porque, además, él también forma parte del mundillo, así que, de inmediato, supo que mi presencia ahí tenía un porqué.

- Te noto triste o angustiada, ¿pasó algo?
- Ay, Cris, otra vez metí la pata. Tu tío está muy enojado conmigo y creo que con justa razón.
- Oh, lo siento mucho, Lau. ¿Quieres venir a mi oficina, platicamos y tomamos un café?
- Me encantaría pero no debo moverme de aquí hasta que él indique lo contrario, lo siento.
- Vaya, ahora entiendo todo. 

Su rostro se tornó pensativo y, acuclillándose frente a mí, me miró fijamente y con un tono tierno continuó diciendo... 

- Hace rato, supongo que cuando fue por ti, mi tío me llamó por teléfono y me pidió que pasara a su casa a recoger un par de cosas y que las trajera a la oficina. 
- ¿Qué cosas?, pregunté entre curiosa y muy ansiosa. 
- El paddle de madera, la cuarta de cuero crudo y las esposas de piel. 

Solo tragué saliva y, sin querer, mis ojos se llenaron de lágrimas. 
Particularmente, la cuarta, solo la utiliza cuando la falta es muy grave y su objetivo es hacerme llorar hasta lograr un arrepentimiento real. 

- Lo lamento, dijo Cristian mientras apretaba la mandíbula sin saber qué más decir, él sabía perfectamente lo que pasaría al final del día y, por supuesto, yo también. 
- No te preocupes, Cris, imaginé que sería algo así. Luego te cuento bien lo que pasó. 
- Ok, Lau, lo que necesites, por favor, solo dímelo, ¿sí? 

Asentí mientras él se despedía, aún tenía que atender un par de clientes. Es gracioso cómo cambia mi postura, mis expresiones y mi mente cuando me encuentro en ese tipo de situación vulnerable. 
Cristian alborotó mi cabello, como quien lo hace con una niña pequeña, y salió de la oficina. Yo me quedé ahí, con el corazón mucho más aplastado de lo que lo tenía al inicio de todo esto. 

Aún no sé en qué momento decidí desobedecerlo. Había sido muy claro cuando me prohibió el uso de la camioneta porque, aunque sé conducir y lo hago habitualmente, hace dos meses había chocado el auto por conducir en estado de ebriedad. Me prohibió el uso de la camioneta (o cualquier vehículo automotor) a modo de castigo, me retiró temporalmente la licencia de manejo  porque los vehículos grandes y yo no nos llevamos bien. 
Pero nada de eso evitó que, viendo las llaves sobre la mesa, decidiera hacer caso omiso y, olvidando también la gran tunda que me llevé en aquella ocasión, subiera mis cosas al auto y condujera rumbo al centro comercial. Pensé que no se daría cuenta, después de todo, trataría de ser sumamente cuidadosa, solo iría a hacer un par de compras, comería algo rápido por ahí y volvería sin ningún tipo de percance a esperarlo en casa para ir al cine o a cenar algo rico. Nada salió como lo tenía planeado. 

Al sacar la camioneta de la cochera, sin querer, le di un pequeño golpe en un costado, es que es muy difícil maniobrar un vehículo tan grande, carajo. Bajé a revisar y se trataba de un raspón, uno pequeñito, ni siquiera lo iba a notar. 

Seguí con mi travesía y, justo un par de semáforos antes de llegar al centro comercial, quise ganarle al rojo y, ante el nerviosismo de no conseguirlo, giré el volante al mismo tiempo que pisé el acelerador. En un par de segundos estrellé la camioneta en un muro, tiré un árbol y quedé atorada con las llantas delanteras arriba de la banqueta. Pero qué carajos, cómo es que había pasado esto... 

Afortunadamente yo salí ilesa, no me pasó nada más allá del susto. No sabía qué hacer, ni siquiera podía llamar al seguro o a la policía porque, lo primero que cualquiera haría sería pedirme la licencia de conducir y esa la tenía mi esposo bajo llave así que, sí, la lógica indicaba que tenía que llamarlo a él primero.

La llamada fue difícil, por supuesto, pero su primera preocupación era que yo estuviera bien, el auto era lo de menos, dijo, y esa reacción me enterneció y conmovió profundamente. De inmediato se trasladó a donde yo estaba y, casi al mismo tiempo, llegaron un par de patrullas de policía y una ambulancia. Como dije, afortunadamente, nadie salió lastimado y no hubo nada qué lamentar, más allá del mal estado en que quedaron la camioneta, el muro y el pobre árbol. Más tarde llegó el agente de seguros y, después del interrogatorio y las pruebas correspondientes, pude salir de ahí.

La camioneta fue remolcada por una grúa, tuve un pequeño deja vu y recordé cuando fue el accidente en el auto, esta vez sin vista borrosa ni aliento alcohólico. Durante el trayecto, intenté dar explicaciones y pedir mil perdones pero nada de eso me fue permitido. 

- Ya tendremos tiempo para hablar de esto, Laura, por ahora guarda silencio. Tengo mucho trabajo y cosas qué resolver en la oficina, irás conmigo y te quedarás ahí porque, por lo visto, no es seguro dejarte sola. 

Tomó aire mientras yo me encogía y me sentía cada vez más pequeña en el asiento de su auto. 

- Me parece increíble el grado de irresponsabilidad con que haces las cosas pero, te lo advirtió, esta vez me voy a encargar de que no olvides cómo debes comportarte, señorita. Ya deja de llorar, esas lágrimas te van a hacer falta más tarde. Es muy vergonzoso tener que ir por la vida resolviendo tus estupideces. No sé qué carajos piensas al exponer tu vida y la de los demás así, tu inmadurez no tiene límites...

El regaño siguió, durante todo el camino no paró de recordarme que lo que hice estuvo muy mal, que las consecuencias serían inolvidables y que, si me hubiera pasado algo a mí o a alguien más, él mismo no se lo perdonaría jamás. 

Mi corazón sufría terriblemente ante cada una de sus palabras, no tenía forma de rebatir nada, y aunque la tuviera. Noté el miedo en su voz cuando preguntó si yo estaba bien. La vez anterior me dijo que uno de sus más grandes miedos es perderme y que, al mismo tiempo, es su obligación velar por mí seguridad. Por eso es que me siento tan mal de haberlo puesto en esta situación, de haberlo hecho sentir esas cosas horribles y de, a pesar de mi pobre esfuerzo, no conseguir ser la mujer obediente, madura e inteligente que él necesita. Las lágrimas no dejaban de fluir.

Ahora estoy aquí, esperando a que todo termine, en realidad, que comience. Poco a poco las oficinas se han ido vaciando, hasta Cristian se despidió deseándome que todo pasara pronto, sabe muy bien de lo que se trata todo esto. Ahora solo estamos él y yo, puedo escuchar mi respiración y, acabo de ver que cerró la laptop, se talló los ojos y volteó a verme. Me cuesta mucho trabajo sostener la mirada así que, llena de miedo y vergüenza, prefiero ver mis manos apretujándose entre sí. 

- Ven acá, Laura, es momento de que arreglemos cuentas tú y yo. 

Tragué saliva. Mi cuerpo comenzó a reaccionar con una revolución de sensaciones que me recorrían de arriba a abajo. Me puse de pie y, con paso lento, me dirigí a donde él me esperaba. Estaba ahí, de pie, recargado en el borde de su escritorio. 

- Y bien, te escucho, Laura. Según tú tenías muchas explicaciones qué dar, ¿no? Muy bien, es tu oportunidad, quiero que me las digas todas. 

En ese momento olvidé todo lo que tenía que decir. Era cierto que quería explicarle todo, aún sabiendo que nada justificaría lo que hice pero, por alguna razón, mi garganta se cerró por completo, ni una sola palabra salió y mi mirada seguía clavada en el piso. 

- Ah, ¿ahora le comieron la lengua los ratones o qué pasa, señorita? ¡Estoy esperando! 

Comencé a llorar, era lo único que podía hacer con fluidez. 

- Última oportunidad, Laura...

...
...

- Muy bien, no piensas hablar, ven acá. 

Entonces me tomó del brazo y, así de pie como estaba, solo me inclinó sobre el escritorio y comenzó a azotar con la mano extendida. Había mucha fuerza desde el principio, el dolor y el movimiento por el impacto de cada nalgada, empujaban mi cuerpo hacia adelante. 

En ocasiones me resisto al castigo, la rebeldía me sale bien, pero no esta vez. Mi intención era aceptar el castigo tal y como él decidiera que debía ser. Lo menos que podría hacer era asumir las consecuencias de mis terribles actos. Mis labios estaban apretados al igual que mis párpados y puños. 

Yo sabía que aún no era ni la décima parte del castigo, sin embargo, se detuvo en seco. No dijo nada, su respiración era agitada. No supe qué hacer, pasaron un par de minutos y yo seguía ahí, inclinada esperando a que él dijera algo pero lo único que había era silencio absoluto. 

Confundida me puse de pie y lo miré a los ojos, encontré en ellos una gran tristeza y decepción. De repente, todo se me vino abajo, habría querido pedirle que me castigara, que azotara mis nalgas hasta cansarse, que desquitara todo su enojo y frustración con mi cuerpo... Pero entendí que no era eso lo que necesitaba ahora. 

Con un impulso desconocido, lo abracé lo más fuerte que pude, él correspondió de igual manera y, con la voz grave, me dijo que no me iba a permitir volver a poner en riesgo mi vida pero que ya no sabía qué hacer para ponerme límites. 

- Laura, ¿no entiendes que hay cosas que ya no puedo solucionar con nalgadas?, necesito que pongas de tu parte, que te comprometas a hacer las cosas bien que crezcas y madures, ¡por favor! 

Me sorprendió que, de pronto, el regaño se hubiera convertido en un tipo de súplica, esto era muchísimo peor que la más grande tunda que me haya dado antes, el dolor que ahora embargaba mi corazón era terrible. 

Seguí llorando, le pedí perdón una y otra vez, hice muchas promesas que estoy dispuesta a cumplir. Entonces, dentro del cúmulo de emociones lo miré nuevamente y, en silencio, me puse de rodillas a sus pies. 

- Por favor, castígame y ayúdame a recordar mi lugar. Perdón por mi comportamiento y mi inmadurez, por mi falta de consideración y por mi irresponsabilidad. Prometo, en adelante, tratar de ser mejor persona y mejor esposa pero, por favor, castígame con toda la fuerza que consideres que necesito. 

Conmovido, se inclinó, me miró fijamente a los ojos y, por primera vez, pude sostener la vista. Una bofetada me sorprendió y entendí que hay veces en que los ojos deben bajar y, entonces, complacer al hombre que se tiene enfrente. 

- Por supuesto que te voy a castigar, te voy a azotar tan fuerte que vas a querer regresar el tiempo para dejar de hacer tantas tonterías, señorita. 

Tomó mi barbilla y me obligó a levantar la vista de nuevo. Sus ojos se clavaron nuevamente en los míos y, con su rostro muy cerca del mío lanzó el aviso. 

- Esta noche vas a aprender 3 cosas, Laura, vas a aprender a ser mi niña, a ser mi mujer y a ser mi puta. Espero que estés lista para eso. Toma tus cosas, nos vamos a casa. 

YoSpankee 


domingo, 17 de noviembre de 2019

Berrinche.

Fue una semana difícil, las faltas se habían acumulado de manera estrepitosa, hasta llegar al punto en el que, dejando de mi lado una gran responsabilidad, mi spanker me ordenó decidir el castigo correspondiente pues, además, había reincidencia, sobretodo, en la falta más grave.

Fue muy enfático al decir que, dada la gravedad del asunto, el castigo debería ser verdaderamente ejemplar. Tendría que ser un castigo lo suficientemente fuerte como para que no me quedaran ganas de volver a hacerlo.

Traté de decirle que no podía con semejante compromiso, le pedí que lo hiciera él y, a cambio, me comprometí a recibir dicho castigo sin chistar, pero no funcionó.

- Más te vale que el castigo vaya acorde con la falta, señorita, si no, tendré que tomar cartas en el asunto.

Pero, ¿por qué me hace esto?, apenas soy capaz de reconocer que merezco un castigo, ¿qué le hace creer que podré decidir uno...? 

Me dio una noche para pensarlo, ni siquiera pude dormir dándole vueltas a varias ideas, arrepintiéndome de ellas inmediatamente al pensar en mi reacción al momento de pedirle que me diera tal o cual castigo. Sería como ponerme sola la soga al cuello. Impensable, cruel, humillante.

No terminé de decidir, aposté un poco a mi suerte y esperé a que me preguntara acerca del tema. La intención era jugar un poco a la spankee arrepentida, utilizar mis recursos y apelar un poco a la compasión. Él había dicho que el castigo se llevaría a cabo el día sábado, apenas era jueves.

No sé qué santo me hizo el milagro, pasó el jueves y el viernes pero la pregunta jamás llegó.

El sábado, a sabiendas de que él venía cansado del trabajo pues sus horarios se han vuelto un poco complicados, jugué un poco al 'apapacho',al flirteo. Pensé en la remota posibilidad de, si yo no tocaba el tema, él tampoco lo haría.

Al principio todo iba viento en popa, la conversación fluía entre cosas divertidas, el trabajo, el clima, los compromisos pero, como era de esperarse, la suerte no duró para siempre.

Comenzó a decir que soy experta en pretextos, a reírse de lo aniñada que me comporto a veces, de mi falta de compromiso, etc. Fue ahí donde vi la oportunidad. 

Al no saber qué responder o de qué manera defenderme, opté por utilizar la carta bajo la manga: ¡basta ya, no quiero seguir hablando!
Entonces me crucé de brazos e hice la mueca que él conoce bien y que sólo significa que, por un rato, me quedaré muda.

Él seguía hablando y a ratos intentando un interrogatorio que no obtenía respuestas. Creo que llevé la situación un poco lejos porque, dada mi renuncia a responder, él reaccionó como suele hacerlo.
Cansado de mi berrinche y, aunque no soy una chica petite, me levantó dándome la vuelta para lanzarme boca abajo sobre la cama y, como era de esperarse, comenzar a azotar con fuerza.

No había forma de librar el castigo, me tenía totalmente sometida apoyando su mano izquierda sobre mi espalda y, con la derecha, azotando inmisericorde. Rápidamente la ropa salió de su sitio. Jeans y calzones fueron removidos de su lugar y, en consecuencia, las palmadas sobre la piel desnuda dolían muchísimo más. El calor iba creciendo al ritmo de las nalgadas, su mano se impactaba firme contra mis nalgas, alternaba una y otra, de arriba hacia abajo y de un lado al otro; parecía no querer dejar sitio sin azotar. 

Ante semejante tunda, mis piernas se movían y, a momentos, se atravesaban entre su palma y mi cola, asi que, cansado de ordenarme que me quedara quieta, optó por sentarse sobre mis pantorrillas y, así, quedó de frente a mis nalgas ya enrojecidas por el castigo.

Lo he dicho en otras ocasiones, soy ese tipo de spankee rebelde que no sabe asumir el castigo con resignación, y no porque sea desobediente (que lo soy), sino porque mi cuerpo no me responde cuando se siente rebasado por el dolor, por la vergüenza. 

En el buró junto a la cama hay un aparato telefónico, así que a mi spanker le pareció una excelente idea arrancar el cable y, aún sentado sobre mis piernas, azotar con el improvisado instrumento doblado en varias partes. 

Al principio pensé que no sería tan grave, incluso me dio un poco de risa porque parecía completamente inofensivo. Terrible error. 

Mi cola quedó atravesada en un santiamén por finas líneas rojas, sobretodo, los dobleces del cable en la punta, al impactar sobre los costados de las nalgas, dejaron una sensación dolorosísima que, al día de hoy, aún me complica permanecer sentada. 

Por más que supliqué, el castigo no se detuvo, al menos no cuando yo lo pedí. Después, levantándome de la cama, me condujo hasta un rincón de la habitación, obligándome a permanecer de rodillas. 

- No te vas a levantar de ahí hasta que estés arrepentida de tu berrinchito. 

Estar ahí, en esa postura y con el culo ardiente, me hacía sentir muy avergonzada, humillada y, sí, arrepentida. Aproveché el respiro para sobar mis nalgas, la piel estaba hinchada y muy caliente. Dolía mucho.

Fue realmente poco el tiempo que pasé ahí hincada, al parecer, era prioritario terminar de aprender la lección. Me levantó y, como me iba tropezando con el pantalón enredado en los tobillos, le pedí ayuda para quitarlo (otras veces lo hace) y solo obtuve como respuesta una lluvia de nalgadas muy fuertes.

- ¿Así está bien o necesita más ayuda, señorita?

Obviamente terminé de hacerlo sola y, aprovechando, fui obligada a despojarme del resto de la ropa. Lo único que pude mantener en su sitio, fueron las calcetas largas que llevaba puestas. 

De nuevo fui lanzada boca abajo sobre la cama y pude escuchar ese sonido inconfundible del cinturón saliendo de su lugar. 

- No, por favor. Supliqué pero, por supuesto, mi súplica fue ignorada y mis nalgas recibieron incontables azotes con el cinturón de piel. 

A esas alturas, mis nalgas dolían mucho y me hacían pensar que el castigo había sido muy fuerte. Por un momento me sentí aliviada por no haber tenido que decidir de qué manera se llevaría a cabo todo esto, sin embargo, las palabras que dijo después de la cueriza me hicieron estremecer:

- Esto solo fue por tu berrinche de hace rato, no olvides que tenemos un pendiente. 

YoSpankee